De aquellos polvos vienen estos vinos

Amparo Cuesta, de Pago Casa Gran, Moixent (Valencia)

Como vais a poder comprobar quienes leáis hasta el final esta entrada, mis conocimientos sobre vino son entre nulos y escasos. Lo que no quiere decir que no me guste, al contrario, lo disfruto, y pruebo los que me llaman la atención y me puedo permitir comprar.

Lo primero que selecciono, es la denominación de origen. Si estoy en la Comunidad Valenciana, intento que sea de dicha comunidad, simplemente porque pienso que voy a tener una oferta más amplia, y más posibilidades de encontrarme con una buena sorpresa a precio razonable, aunque si estoy en Madrid, evito sus vinos, antes porque no me gustaban, y ahora que han mejorado, por el precio.

También está el argumento de lo poco sostenible que es el transporte de un vino cientos de kilómetros… pero qué rico está un buen Priorato, y qué lejos. Confieso que el diseño de la etiqueta, según lo pretencioso que sea, ayuda en ese flechazo.

A lo que voy: de vez en cuando, siembro y cultivo una «Teoría de Todo a 100» (hoy sería de todo a un euro), que consiste simplemente en defender una teoría sin base científica, pero con algo de intuición. Se diferencia de una «Teoría de la Conspiración», en que a veces te puede dar alguna alegría cuando se publican datos que la corroboran. Las teorías de conspiraciones, para que corporaciones alcancen fines oscuros y secretos, son difícilmente demostrables.

La Teoría de todo a 100 que ahora nos ocupa, es la que se enuncia así:

«Los vinos, incluidos los de «calidad», cada vez se parecen más los unos a los otros, independientemente de la denominación de origen, añada y tipo de uva, debido a que se están añadiendo sustancias aromáticas creadas en laboratorio».

Más de una vez me han dicho que esto es una solemne bobada, y en alguna bodega, preguntados por la cuestión, sólo han reconocido haber añadido ese serrín de roble que reduce o evita el tiempo de paso por barrica, y a veces lo de la clarificación –que imagino que ya no son claras de huevo–, los sulfitos y poco más.

Pero hace pocos días, Amparo Cuesta, guiándonos por las instalaciones de Pago Casa Gran, en el interior de Valencia, Moixent, comentaba que en el proceso de elaboración de sus vinos, no añadían levaduras para enfatizar determinado aroma o sabor, dando a entender que es la práctica habitual de la mayoría de bodegas.

Entre la viñas del pago, la maleza crece a sus anchas, o lo que le permite la vid, en esa competencia por el agua que beneficia al desarrollo de la raíz, y hacen de manto vegetal y abono. Los insectos depredadores de otros insectos, son también un aliado del cultivo, así como la recogida manual de las uvas para no dañarlas.

Producen vino ecológico, y llevan adaptando los procesos a la normativa suiza unos años, ya que es el país al que más exportan. Parece ser que al consumidor español le interesa poco el asunto verde: queremos que el Linaje de Don Fulano sepa siempre igual. Con la producción ecológica, la climatología se hace patente en el resultado final.

Hemos adquirido alguna botella para catar, y posteriormente adquirir, para vender en la tienda de Almabrava en Dénia.

Resumiendo, la parkerización de los vinos se diseña en un laboratorio: «ponme unas cepas de levadura de aquel terroir de Burdeos que tanto le gusta a Parker, y vamos a clarificar con un poco de colágeno de cerdo». Por no hablar de los químicos con los que se trata la cepa (riego mineral, abono, etc), y de los químicos añadidos posteriormente para descontaminar el mosto.

Y luego nos escandaliza que los alemanes añadan azúcar para compensar la falta de sol y conseguir unos grados más de alcohol.

Insisto: nuevamente se lo estamos dejando muy fácil a China. Pronto acompañaremos el choped con un Lioja, y dudo que se conformen con añadir azúcar.

Las palabras en azul, son enlaces a otras páginas, como siempre.

Un español con una vida de cine

Hace un par de días, descubrí en el periódico la vida de Jean Leon, y pensé «qué país tan raro es éste, en el que a los autónomos o trabajadores por cuenta propia se les llama emprendedores, y a los emprendedores se les ignora».

Este señor salió de España como Ceferino Carrión, muy joven, tras perder la casa familiar en el incendio de Santander de 1941 y, poco después, a su padre y hermano mayor, quienes murieron torpedeados por la marina británica, cuando transportaban mercancías rumbo a Alemania durante la II Guerra Mundial.

Después de trabajar un tiempo en Barcelona en la antigua Pegaso, decidió recorrer mundo: primero a pie hasta Francia, y luego como polizón en un barco rumbo a Estados Unidos.

Fue taxista en Nueva York, se alistó en el ejército, trabajó de camarero en un club de Frank Sinatra, comenzó a codearse con el Rat Pack y el resto de la élite del espectáculo, ya en Hollywood proyectó abrir un restaurante con su amigo James Dean, aunque la muerte del actor hizo que se quedara él solo al frente del proyecto. Ceferino Carrión ya era Jean Leon.

En 1957 abrió el restaurante La Scala, en Beberly Hills, y el lugar se convirtió en referencia de los principales actores, directores y productores de la industria del cine. El hecho de haber servido la última cena de Marilyn Monroe en su apartamento, extendió la leyenda. También se habla de los canelones que viajaron en avión hasta Londres para satisfacer el capricho de Liz Taylor. Jean Leon era una referencia gastronómica en Estados Unidos.

Su interés por el vino le llevó a ampliar sus conocimientos de la mano de enólogos y viticultores de California. Decidió producir el suyo para La Scala, y después de descartar California y Francia –por motivos económicos o sentimentales, según versiones–, compró unos viñedos en el Penedès, y sustituyó las cepas existentes por otras de cavernet sauvignon. También en esto fue pionero.

En 1981, Ronald Reagan elige el vino Jean Leon para el banquete de investidura como presidente. España. Penedès. Imagino que la etiqueta daría la vuelta al mundo. Años después, su cavernet sauvignon fue considerado por la prensa especializada entre los 10 mejores vinos del mundo.

Jean Leon murió en 1996 con otro proyecto en la cabeza, abrir un restaurante en Tailandia. Dedicó los últimos años de su vida a navegar por todo el mundo, pero antes vendió su pago a la familia Torres, quienes mantienen en la actualidad el legado vinícola.

La reciente promoción del vino Jean Leon 3055 llevada a cabo por la hija de Leon, Gigi –quien sigue al frente de La Scala–, ha desempolvado la leyenda. 3055 es el número de licencia de Jean Leon como taxista.

Imagen de Jean Leon, obtenida de http://www.kane3.es/dvd/3055-jean-leon.php, donde se puede acceder a la ficha del documental «3055 Jean Leon», realizado en 1997 por Agustí Vila.